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CONFIGURACION Y DATOS DEL EQUIPO DBAN´BA.

Hasta la fecha tenemos una plantilla compuesta por 12 jugadores, a los cuales se les van a añadir al menos un par de ellos más esperemos que sean fichajes que cumplan en el terreno de juego, o sea, en la barra del estadio.

DINERO EN TESORERIA DEL CLUB: 200 - 16.65 -16.65-16.65= 150.05 €

INGRESOS: 200 €
Aguilar---> 50€
Alvaro----> 50 €

Antonio Jesus (melena) --> 50€
Paolo --> 50€



GASTOS: 16.65 €+16.65€+16.65

Pista 17/10/08 san Fernando 22.00 - 23.30 h. 16,65 €

Pista 24/10/08 Muños Perez 21.30 - 23.00 h. 16,65 €

Pista 28/10/2008 San Fernando 22.00 - 23.30 h.



Pendiente de recibir de los 10 restantes el dinero para tenerlo preparado para cuando se haga la inscripción del equipo.

Se intentará coger pista para jugar el equipo y se irá informando a través de aqui los pagos y los ingresos que se vayan realizando.

Un saludo.

Mr. Volkov. Delegado, capitan, administrador, timador, follador, y lo que ustedes necesiten.

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lunes, 11 de agosto de 2008

PEKIN 2008. Una muralla de oro para Samuel

El ciclista asturiano rubrica el gran trabajo de la selección en la prueba en línea y da a España la primera medalla en los Juegos de Pekín





FELICIDAD PLENA. Samuel Sánchez se echa las manos a la cabeza tras cruzar la línea de meta y convertirse en campeón olímpico.
CLASIFICACIÓN
1. Samuel Sanchez (ESP) 6h.23:49 2. Davide Rebellin (ITA), m.t 3. Fabian Cancellara (SUI), m.t 4. Alexander Kolobnev (RUS), m.t 5. Andy Schleck (LUX), m.t 6. Michael Rogers (AUS), m.t 7. Santiago Botero (COL), a128. Mario Aerts (BEL), a 12 9. Michael Barry (CAN), a 16 13. Alejandro Valverde (ESP), a 23
«Nada más salir del hospital en el que le habían extirpado un pecho, mi madre se presentó a un examen en la Facultad de Derecho». A Samuel, Amparo se lo enseñó todo. También a no llorar. Era una mujer joven y separada. Con un hijo a su cargo que quería ser ciclista. Un 'trasto' con pecas y sonriente. Entonces tocó en la puerta de su casa de Oviedo la peor palabra. ¿Quién es? El cáncer. Y voraz. Amparo apenas tenía 40 años. No lloró. Ni dejó que el chaval lo hiciera. Siguió con sus clases en la universidad, entre sesiones de quimioterapia. Lección en silencio. Samuel le había dicho que para ser ciclista tenía que ir a Vizcaya, al equipo filial del Euskaltel-Euskadi. Y la madre le obligó: «Vete». Vive. Le preparó la maleta y salió a despedirle. Ella se quedó con la enfermedad que algo después se la llevó. Samuel siguió adelante. Por ella. Por él. Primero de aprendiz de ciclista en Güeñes (Vizcaya); luego como profesional con el Euskaltel... Y ayer ese camino le trajo a China. A la Gran Muralla. Durante años ha buscado un regalo así para ella. Fue ayer. Junto a ese monumento colosal, a imagen y semejanza de su mejor sueño. Entró el primero en la foto de la llegada. Miró arriba y desobedeció a Amparo: echó a llorar. Perdonado. Y primer campeón olímpico español de ruta. Bien educado.Tenía que ganar algo así. Aunque al principio no era él el destinado. Le precedían Freire y Valverde. Al cántabro lo atropelló ayer una gripe mal curada. Náuseas desde la plaza de Tiananmen hasta el circuito de la Muralla. Bajo un cielo que sigue tímido y que siempre miente. Más calor húmedo. Los ciclistas llevaban la piel metalizada por un sudor de pegamento. Freire dimitió a tres vueltas para el final. «Se han pasado», censuró. Hablaba de los siete giros al circuito, de las siete subidas de más de 10 kilómetros. De correr dentro de una sauna. Sin él, quedaba Valverde. Y con Valverde estaba siempre Bettini. Candado al murciano. Ahí, en las vueltas del exterminio, intervinieron los dos restantes de la selección española. Sastre y Contador. Doble lujo. Dos ganadores del Tour entregados al papel de gregario. Sastre, con galones. Condujo siempre la carrera. Primero en una fuga masiva y al final con su voz: «¿Cómo vas?», le preguntó a Samuel. El asturiano asintió. Levemente. Para no dar pistas. «Vamos a jugar al despiste», ordenó Sastre. Valverde, con BettiniValverde se retuvo, agazapado. Bettini sólo tenía ojos para él. Fue el preludio. El despiste. Contador se agotó hasta la penúltima vuelta. Sastre le relevó. Las chicharras cubrían de un sonido eléctrico la subida. Sudaban hasta los tremendos escalones de la muralla. Inmensa. Sobrecogedora. A una vuelta del final. Sastre, con el italiano Bruseghin, cumplió su último servicio: agotó a los últimos fugados. Menchov miró en redondo y atacó. Fogueo. Bettini y Valverde seguían con su tango, anudados. Y salió la segunda pareja de baile: otro italiano, Rebellin, y otro español, Samuel. Los sacó a la pista el luxemburgués Andy Schleck, el más joven de los hermanos, el futuro. Dio dos sacudidas brutales. Ya eran tres en fuga: Schleck, Rebellin y Samuel. Perfecto: a medalla por cabeza. Evans, el ciclista escondido, no pudo seguirles. Frágil, otra vez. Otro australiano, Rogers, y el ruso Kolobnev, casi lo lograron. Y sólo lo consiguieron cuando luego les impulsó la presencia arrolladora de Fabian Cancellara. Su rebufo. El suizo, una apisonadora, atrapó a Samuel, Rebellin y Schleck al ingresar en el último kilómetro. Ya estaban seis. Demasiados.Rebellin, el rivalA la Gran Muralla se llega subiendo. Escalera de piedra. El aire quemaba los pulmones; era ácido. Las gargantas iban afogonadas. El corazón de Samuel bombeaba puñetazos. Sintió el pellizco previo al despertar de un sueño. «Sabía que estaba bien. Que Rebellin era el rival». Y le pasó al viejo italiano, que ayer cumplía 37 años, por la derecha. Ha esperado mucho tiempo en vísperas de un triunfo así. Sin suerte. Ahora estaba en su kilómetro de cuatro hojas. Su trébol. «Mi madre me enseñó a sacrificarme».Amparo salía del fondo de la biografía del ciclista asturiano. A casi 200 pulsaciones, el corazón no piensa; sólo puede emocionarse. Samuel Sánchez se agarró el casco con las dos manos al entrar primero. Como para contener su explosión emotiva. Abrumado por el éxito. Por ser propietario durante los próximos cuatro años de los aros olímpicos. Por darle a España su primera medalla. Por tanto. Nadie le había enseñado a llorar. Y aprendió de repente: metió en el surco de sus lágrimas toda la alegría posible. Al podio subió trémulo, Las rodillas le cacareaban. Ojos líquidos. A un lado estaba Rebellin (plata); al otro Cancellara (bronce). Detrás, la muralla. De su talla. Delante, el himno y la bandera. Arriba, Amparo. No dejó de llorar en toda la ceremonia. Tanto llanto obediente y contenido. De oro.

PEKÍN 2008.

ESGRIMA
La medalla 100 es de bronce
José Luis Abajo aguantó hasta el último suspiro, «a vida o muerte», y logró el primer metal de la historia para la esgrima española


«Tenía que ser a vida o muerte». Lo dice el segundo medallista español de estos Juegos, el madrileño José Luis Abajo (30 años). Bronce en esgrima. En duelo con el húngaro Gabor Boczkko. Con la medalla número cien del olimpismo español en juego. Con empate a siete 'tocados' y el cronómetro al borde de la bocina. «Que venga a por mí, que le espero». La igualada le valía a Abajo. La urgencia le pudo al húngaro. Tocado. La estocada perfecta del esgrima español, la primera medalla que se logra con la espada. Tanto tiempo de espera para el único deporte del programa olímpico que nació en España, país de capa y espada. El viejo sonido de escaramuza que escalofriaba las calles de la Castilla empedrada. El tirador madrileño, alto, rápido y brusco, enredó a su rival. Como cuando la espada no era un deporte: sólo cuestión de vida a muerte. A un tocado. Al pecho. Y no salió sangre, sino bronce. Media hora antes de la final, Abajo había entrado al vestuario arrastrando hasta el apellido. El italiano Matteo Tagliariol, el nuevo talento del esgrima, vencedor del torneo olímpico, le había noqueado. Tagliarol es de guardia alta, de muñeca eléctrica. Dibuja garabatos cortantes en el aire a la velocidad del parpadeo. Abajo es otra cosa: bravo. El arrojo. Sin miedo a la espada contraria. Empezó ganando esa semifinal y la acabó perdiendo. La espada es la modalidad más táctica de la esgrima. Una especie de ajedrez mezclado con las artes marciales. El italiano dio jaque mate: 15 tocados a 12. En la otra semifinal, el francés Jeannet -plata al final- acabó con Boczko. Abajo entró laminado al vestuario. Nunca antes había podido batir al húngaro, su retador en la lucha que le quedaba, la del bronce. En la novela de Pérez Reverte 'El maestro de esgrima', Jaime de Astarloa, el viejo caballero, ve cómo su mundo se acaba. Los jóvenes se alejan de la esgrima, de sus códigos. Y con la esgrima se va el honor. A Abajo le esperaban en el vestuario su maestro, Ángel Fernández, y Charo, su doctora. Honor le sobra. «Es demasiado valiente», dice su preparador. «Y a veces eso le pierde». Sangre caliente. Espadachín. Los dos, Ángel y Charo, recurrieron al orgullo. Le hablaron de Lucía, su bebé de cuatro meses. «No puedes volver sin esa medalla para ella», le azuzaron. Bofetada para despertarle. Guante. Reto. «Me dijeron también que una oportunidad así no vuelve». El gran duelo. Agarró su música y la incrustó en su cabeza: el tema 'Lo bueno que es perdonar', de Gilberto Silva. Lo escuchó una y otra vez. Para emocionarse a solas. Así subió a la pedana donde esperaba el húngaro. Los tiradores dicen que están 'eléctricos' cuando su trajes blancos de Kevlar están conectados al monitor. Así se detectan los tocados. Abajo apareció con el voltaje anímico a tope. Punta y talón al dar el paso. De perfil, para quitarle diana al rival. Espada en mano. Como conoció a su padre, militar y esgrimista. Código de honor. Dicen que la esgrima es fácil: tocar y que no te toquen. Para redondear esa frase, los tiradores pasan años delante de un espejo. Danzando. El duelo ante Boczko arrancó mal: 0-2 para el húngaro, la vieja escuela europea. Sudaban bajo la rejilla negra impermeable a las estocadas. Sin sangre; sólo gotas de sal. Abajo echó hacia delante: 3-3. Y luego 6-6 y 7-7. Se acababa el tiempo. Antes de cada combate, por sorteo, se decide a quién beneficia el empate. El azar había apostado por Abajo. Al húngaro sólo le quedaba buscar la última estocada. Como a Jaime de Astarloa, el maestro que vivió siempre tras ese golpe perfecto. «Gabor quería forzar mi error». Lo notaba. Usó la táctica, el ajedrez. Esquivó. Y cuando, ya al borde del final, el húngaro se lanzó, Abajo sacó su mano. Una filigrana. Instintiva. «Ni sé lo que he hecho». Tocar al húngaro. Tocar bronce. El primero de la esgrima. La medalla cien de España. Y se chupó el dedo. Por sus dos Lucías, la niña y la madre.